Una vez más se impuso el GPS del corazón, ese que no entiende de atajos y se deja llevar por referencias vitales aunque en el recorrido material suponga doscientos metros más de distancia o diez minutos más de tiempo.

“No se puede vivir del amor” aún resonaba en mis oídos. Apenas hacía una hora que Andrés Calamaro, loco salmón argentino que lleva toda su vida nadando contracorriente, la había cantado en Les Arts junto con otro puñado  de canciones, buena parte de ellas futboleras, que ya son clásicos de la música popular.

De vuelta a casa, pasada ya la medianoche, me encontraba frente al viejo Mestalla. Eran los primeros minutos del 20 de mayo y fui el primero en felicitarle el cumpleaños cara a cara. No hizo falta verbalizarlo, desde hace toda una vida nos basta con mirarnos para decírnoslo todo.

La escena parecía clandestina. En su fachada ni una tenue luz. Solo la luna y el resplandor verde y rojo del semáforo frente a Tribuna, iluminaban alternativamente su silueta. El ámbar parpadeante apenas duraba dos segundos, como en la vida misma en la que apenas  hay ya lugar y tiempo para los que carecemos de certezas, quizá el Valencia y poco más, y sobrevivimos entre la duda y la contradicción.

Me despedí del Gigante con nombre de acequia emplazándonos para dos días después en esa misma acera donde una vez más, su pueblo, combatiríamos la tiranía de Meriton, esa que noche tras noche, y ya son demasiadas, maltrata su grandeza intentando que pase desapercibida mientras empuja al  club a un futuro oscuro e incierto.

Cumpliendo nuestra palabra, allí nos dimos cita, en esta ocasión bajo un sol radiante y una luminosidad llena de esperanza, más de diez mil vidas, cada una con su particularidad pero con un rasgo común, el compromiso con nuestro Valencia Club de Fútbol.

En ese momento de intensa emoción, regresó a mi memoria la canción de dos noches atrás y me pregunté si realmente se puede vivir del amor. Probablemente cada vez menos, pero no tenía ninguna duda de que no era otro motivo el que nos había llevado allí. Para los que estuvimos y los que quisieron estar pero no pudieron, no nos hace falta explicaciones. Racionalizarlo es perder el tiempo. En la vida hay cosas que se sienten o no se sienten y si te las han de explicar es porque ni las sientes ni las sentirás.

Que haya gente que no lo entienda es respetable, aceptamos que no se puede vivir del amor, vale. Pero que esos mismos me contesten a la pregunta de qué movimiento social y totalmente altruista es capaz de dar cita en una calurosa tarde de mayo a más de diez mil personas. ¿Qué estímulo es capaz de motivar a tal cantidad de gente a reivindicar un sentimiento? ¿Qué entidad es capaz de cohesionar de manera transversal e integradora miembros de una colectividad diversa?

Llega un momento en que cuando la urgencia aprieta tanto y se trata de sobrevivir, la lírica y el romanticismo deben dejar paso a la acción y la practicidad. Después de haber dado los primeros pasos, es lo que toca ahora.

Señores políticos, empresarios y demás fuerzas vivas (que parecen dormidas) del pueblo valenciano (llámenlo país, comunidad, reino o como quieran, hasta en los puntos de partida a la solución de los problemas estamos acostumbrados a que divaguen perdiendo un tiempo precioso):

Los movimientos sociales en la lucha por la recuperación de la dignidad del Valencia Club de fútbol, han ido muy por delante de sus acciones. Son ya tres marchas multitudinarias y ejemplares las que hemos llevado a cabo. Y a ustedes, salvo honrosas excepciones, no se les ha visto ningún tipo de actuación. Ahora, motivados por el escándalo de los audios, comienzan a mover el culo. Esperemos que no sea el postureo pasajero y efímero al que nos tienen acostumbrados.

Fuimos diez mil personas las que el pasado sábado 21 de mayo nos dimos cita físicamente en la última movilización pero podríamos haber sido perfectamente treinta o cuarenta mil, muchos valencianistas estuvieron emocionalmente a nuestro lado. Nosotros vemos amor al club pero si quieren, a ver si de una vez por todas les vale de aliciente, son treinta mil o cuarenta mil votos potenciales de cara a las próximas elecciones o treinta o cuarenta mil clientes potenciales de cara a sus empresas o entidades financieras.

Ustedes, políticos, empresarios y financieros, no pueden ser tan torpes para banalizar el movimiento social que ha surgido en torno a la recuperación de nuestro Valencia Club de Fútbol y que ya es imparable.

No les pedimos que lo hagan por amor si no quieren, pero para muchos de nosotros el Valencia es parte de nuestra vida y queremos seguir viviéndola a su lado.

Nosotros ya hemos cumplido.

Les toca a ustedes.

Tomamos nota.

 

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