EL PATIO (Capítulo 1 de «Mestalla, estribillo de nuestras vidas».

Jose Carlos Fernández Haba.

Ilustraciones: Iván Cárcel Martínez.

 Desde el patio del colegio se divisaba la silueta del fondo sur. Así comenzó el hechizo.

Cuando Mestalla te guiña un ojo ya eres parte de él.

Yo tenía once años, un casete de Miguel Ríos titulado “La Encrucijada” y un recién estrenado carnet de socio del Valencia de cartón, cada vez más agujereado con formas de estrellas, triángulos y círculos, muescas de mi creciente fidelidad al club.

En mi caso no fue un sentimiento heredado como suele ser habitual, sino un inesperado flechazo que cuarenta años después aún me dura con la intensidad del primer día.

A mis padres he de agradecerles la plena libertad que me concedieron para decidir formar parte de esta pasión llamada Valencia Club de Fútbol, y que no se volvieran locos intentando comprender mi locura.

Era la época de la Enseñanza General Básica, la popular “EGB”. Las entradas infantiles, como los cucuruchos de chocolate que comprábamos en una pastelería de Micer Mascó antes de los partidos, valían setenta y cinco pesetas, y si caías simpático al portero de turno, podíamos entrar dos amigos por el precio de uno.

Poco tiempo después ya teníamos en propiedad nuestro pasaporte al paraíso.

Los partidos de “Día del Club”, además de llevar el carnet de abonado, teníamos que presentar el carnet de socio “personal e intransferible”, tal como indicaba en su reverso, con foto incluida y actualizada del titular.

Durante muchos años – algo de bueno debía tener pegar el estirón tarde – utilicé la misma, una en la que aparezco con cara angelical y una chaqueta de punto marrón que me bordó mi abuela.

Entre semana, cuando acabábamos las clases, improvisábamos partidillos de fútbol sobre la acera de Mestalla. Las mochilas nos hacían de postes y utilizábamos las pelotas de frontón amarillas, las únicas que por seguridad nos dejaban llevar al colegio, como balones.

Por el camino pasábamos por la puerta de Las Divinas, el mítico puticlub situado en la Avenida de Suecia frente a Mestalla. A mediodía, aquel antro oscuro ventilaba el sórdido ambiente condensado de la noche anterior abriendo la puerta y la ventana que daban a la calle para que corriera el aire. Era el momento en que algún compañero cabroncete se asomaba al interior del local para vociferar cualquier barbaridad que nos valía como pistoletazo de salida para huir corriendo todos a una al cobijo de Mestalla.

Cuando la primavera alargaba la luz de la tarde nos metíamos en la sede social que soñó don Vicente Peris para ver los trofeos y las fotos de las épocas gloriosas que nosotros no habíamos vivido en primera persona pero que sentíamos también nuestras. Aquel escenario, moqueta en el suelo incluida, era de una majestuosidad que causaba respeto y admiración.

Impregnábamos de vaho los cristales observando aquellas golosinas con forma de trofeos: copa de la Liga, Copa del Rey, Supercopa y también aquellos mamotretos impresionantes del Carranza, Colombino y Teresa Herrera, que por su estilo barroco y gran tamaño parecían los de más solera.

Las fotos también nos impresionaban: Carrete, vestido con la camiseta de la senyera levantando la Copa del 79, o Kempes galopando por la banda en una de sus imparables carreras con su melena al viento.

En las torres de fincas que se ven a espaldas de la foto más famosa del Matador, la que celebra el gol ante el Sevilla con los brazos extendidos acotando un trozo de cielo y la eternidad, vivían varios de mis compañeros de colegio.

También en el edificio de lo que actualmente son las oficinas y sede social del club. Allí vivía Vicky, que nos conseguía autógrafos de los jugadores con los que se encontraba a diario por el barrio. Aún conservo uno de Quique Sánchez Flores, el “Faraonito”, protagonista junto a Javier Subirats de aquel cántico de temática taurina que entonábamos en la grada la temporada de la Segunda División: “¡Subi torero, Quique novillero!”.

El Primer Marqués del Turia era un colegio de reducidas dimensiones con dos modestos patios que nos servían como instalaciones deportivas. Aquella carencia arquitectónica y de estructuras quedaba de sobra compensada por la excelente calidad, docente y humana, de su profesorado. Ese fue el principal motivo por el que mis padres, pese a tener bastantes más colegios cercanos a nuestro domicilio, decidieran matricularnos allí, primero a mí y dos años más tarde a mi hermano Rober.

Sacrificaron una vez más su comodidad por nuestro provecho.

Dos edificios separaban la sección de niños y niñas, aunque nosotros no llegamos a conocer esa división en la práctica salvo por las letras incrustadas en las propias fachadas que el paso del tiempo no había conseguido borrar del todo y aún eran legibles.

En mitad de ambos estaban los dos patios.

Uno daba a la Piscina de Valencia y el otro, desde el que se veía al fondo sur de Mestalla, al Museo Histórico Militar.

Las otras dos delimitaciones cardinales eran el Archivo del Reino de Valencia y un cuartel de policía, lo que ahora es el lujoso Hotel Westin, donde se alojan varios de los equipos que visitan Mestalla.

Aquel viejo cuartel, donde alojaban a las caballerías de los antidisturbios, de vez en cuando recibía llamadas anónimas con aviso de bomba, lo que nos suponía tener que evacuar de forma apresurada y ordenada el colegio tal cual ensayábamos en un par de simulacros que realizábamos a lo largo del año.

Curiosamente, aquellas llamadas siempre coincidían con la época de exámenes de los alumnos mayores del colegio.

En la emblemática Piscina de Valencia aprendí a nadar. O por lo menos a no hundirme.

Durante un curso estuve yendo a clases de natación de ocho a nueve de la mañana justo antes de que empezaran las clases, a las que me incorporaba simplemente cruzando la calle.

Lo que no conseguí aprender en aquel cursillo matinal fue a lanzarme de cabeza al agua. Sin embargo, cuando había un balón de por medio no dudaba en tirarme en plancha, aunque fuera en una superficie de asfalto como la de aquel modesto patio de colegio que acabaría marcándome para siempre.

«Mestalla, estribillo de nuestras vidas»

Disponible en Amazon: https://amzn.eu/d/03KbiTUG

Los beneficios irán destinados a la lucha e investigación cáncer.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies